La historia detrás del Jammin: el error que se convirtió en tradición




Cuando todo empezó con un sueño

Como muchos ya conocen, la historia de MasterMusic se remonta al año 1996, en un contexto muy distinto al actual. No existían escuelas especializadas en música contemporánea como hoy, y mucho menos espacios dedicados al rock o al metal con un enfoque formativo serio. Fue en ese escenario donde nació una idea que, sin saberlo en ese momento, marcaría a generaciones enteras de músicos en el Perú.

Todo comenzó gracias a la reunión de un grupo de jóvenes profundamente apasionados por la música. Entre ellos se encontraban los hermanos Marambio y el baterista José Gallo, junto a otros músicos de la escena. Sin embargo, fue Kike Yompián, fundador principal, quien impulsó con mayor claridad la visión de crear una escuela distinta, una escuela que respondiera a una necesidad real: formar músicos en géneros que hasta ese momento no tenían un espacio académico estructurado en el país.

La propuesta fue clara desde el inicio: construir un lugar donde la música contemporánea (especialmente el rock y el metal) pudiera enseñarse con seriedad, compromiso y visión de futuro. A partir de ese encuentro inicial, el proyecto comenzó a tomar forma. Se realizaron los trámites legales, dando nacimiento formal a lo que hoy conocemos como MasterMusic.  Lo que sí es importante dejar claro es que MasterMusic siempre inició y se desarrolló en su local actual, que con el tiempo se convertiría en un espacio emblemático.

Más allá de lo formal, los verdaderos inicios de MasterMusic fueron profundamente humildes. La escuela comenzó con una sola aula de guitarra eléctrica. Un espacio pequeño, reducido, casi íntimo, donde lo único que realmente sobraba era pasión. No había infraestructura moderna, no había equipos de última generación, no existía una organización estructurada como la que vemos hoy. Había, simplemente, una idea poderosa y un grupo de personas convencidas de que estaban construyendo algo necesario.

Ese primer espacio era tan reducido que, con el tiempo, tuvo que adaptarse para incluir también el bajo eléctrico. Todo ocurría dentro de un entorno limitado, donde cada centímetro contaba. La enseñanza era directa, cercana, casi artesanal. Era una transmisión de conocimiento basada en la experiencia, en la práctica, en el ensayo constante.

El siguiente gran paso fue la implementación del aula de batería. Y ahí apareció uno de los primeros desafíos, el ruido era una preocupación constante. Sin embargo, lejos de detener el crecimiento, este obstáculo obligó a desarrollar soluciones creativas. En sus inicios, el aula de batería no contaba con ningún tipo de tratamiento acústico profesional. No había aislamiento ni había ingeniería sonora. 

MasterMusic no nació con un capital económico importante. No hubo una inversión estructurada ni un plan empresarial clásico. El verdadero capital fue el capital humano: la pasión, la entrega, la visión y el compromiso de quienes creyeron en este proyecto desde el primer momento.

El entorno también jugaba un papel muy particular en aquellos años. La zona donde se encontraba la escuela era muy distinta a la actual. A la espalda del local había un gran terreno vacío, que no solo formaba parte del paisaje, sino que más adelante tendría un rol importante en las experiencias formativas de la escuela. Ese contexto acompañó el nacimiento de MasterMusic. Y, de alguna manera, también definió su carácter: una escuela libre, auténtica, en constante construcción, donde lo más importante no era lo material, sino la convicción de formar músicos desde la esencia.

Así comenzaron los primeros pasos. Sin grandes recursos, sin garantías, pero con una claridad absoluta: crear un espacio donde la música contemporánea pudiera enseñarse con identidad, con seriedad y con propósito. Y cuando hay una visión clara… el crecimiento es inevitable.


Los primeros Jammings

Si hubo un momento donde MasterMusic dejó de ser solo un espacio de enseñanza y se convirtió en una verdadera experiencia musical, fue con la llegada de los primeros Jammings de alumnos.

Muchos no lo saben, pero los primeros Jammins no se hacían en un escenario, ni en un patio, ni en un ambiente acondicionado. Se realizaban dentro de la misma sala principal de la escuela, un espacio que hoy ya no existe como tal. Actualmente, esa gran sala ha sido dividida en distintas áreas: el comedor, el aula de canto y otros espacios funcionales del primer piso. Pero en ese entonces, todo era un solo ambiente amplio, abierto, lleno de posibilidades.

Incluso lo que hoy es el aula de teclado —uno de los espacios más pequeños de la escuela— no existía. Tampoco existía como tal el aula multipropósito del fondo. Todo eso, en su momento, formaba parte de un patio y de una estructura mucho más simple. La escuela era distinta. Más cruda, más directa… pero también más viva.

En ese gran espacio es donde comenzaron los primeros jammings.

La dinámica era sencilla, pero poderosa. Se colocaban una o dos alfombras grandes en el suelo, se instalaban algunos amplificadores —dos, tres como máximo— y se armaba un pequeño sistema de sonido. No había consolas modernas, no había interfaces, no había tecnología digital como la conocemos hoy. Todo era completamente analógico.

Para las pistas, se utilizaban CDs grabados en computadora. No existían USB, no existían plataformas digitales, no existían playlists. Y algo aún más importante: los backing tracks como los conocemos hoy prácticamente no existían. Lo que se hacía era buscar, investigar, conseguir material en revistas musicales extranjeras que, en algunos casos, incluían CDs. Pero eso recién se volvió más común en los años 2000. A finales de los noventa, ese material era escaso, casi de colección.

Por eso, ver a un estudiante tocando guitarra eléctrica encima de una pista era algo completamente novedoso. Era casi futurista para la época. Era, en cierto modo, adelantarse a lo que años después se volvería común.

El primer jamming oficial registrado de la escuela se realizó en 1998. Existe una fotografía de ese momento, que hoy forma parte de la memoria viva de MasterMusic y se encuentra en la recepción o en la sala de inscripciones. En esa imagen se puede ver a los estudiantes de aquella época —en su mayoría guitarristas, con quizás uno o dos bajistas— participando de algo que, sin saberlo, se convertiría en una tradición.

Y hay un detalle que también habla del tiempo: esa foto fue tomada con una cámara fotográfica tradicional. No había celulares como los de hoy. No había redes sociales. No había historias de Instagram. Lo que había era el momento… y el deseo de capturarlo.

Los jammings se realizaban los días sábados, aproximadamente entre las 3:00 y 4:00 de la tarde. Y eran un evento esperado. Los estudiantes venían no solo a tocar, sino a ver, a aprender, a compartir. Era una novedad total. Un punto de encuentro. Una pequeña comunidad que empezaba a tomar forma.

Eran eventos gratuitos. No existían audiciones como hoy. Sin embargo, sí había algo muy importante: la preparación. Los estudiantes se preparaban con seriedad, porque sabían que ese era su momento. Era la oportunidad de tocar, de exponerse, de dar ese primer paso hacia el escenario.

Y aquí hay algo clave: en ese momento, en el Perú, no existían escuelas de música moderna con este enfoque. El rock, el metal, la interpretación contemporánea… todo eso se aprendía de manera informal. Por eso, lo que estaba ocurriendo en MasterMusic era realmente pionero.

El término “Jamming” también tiene su propia historia. No se utilizó en su sentido tradicional —como una improvisación libre entre músicos—, sino como una etiqueta, como un nombre que representaba la experiencia. Fue una forma de bautizar algo nuevo, algo que no tenía precedente en el contexto local.

Y así, con alfombras en el suelo, amplificadores al límite, pistas en CD y una energía única, nacieron los jammings de MasterMusic. Lo que empezó como una actividad sencilla, casi experimental, se convirtió en uno de los pilares más importantes de la escuela. Una experiencia que no solo enseñaba a tocar, sino a vivir la música en vivo.

Hoy, después de casi 30 años, los jammings siguen existiendo. Han evolucionado, han crecido, se han profesionalizado. Pero en el fondo, mantienen esa misma esencia: la emoción del primer escenario, el nervio, la entrega… y la magia de tocar frente a otros.


Las primeras promociones 

Si algo dejó claro el éxito del primer jamming de 1998, es que lo que estaba ocurriendo en MasterMusic ya había trascendido el aula.

Muchos recuerdan la famosa foto que hoy se encuentra en la recepción de la escuela, donde aparecen los estudiantes que tocaron ese día. Pero lo que no todos saben es que detrás de esa imagen había mucho más: había alumnos que no tocaron, amigos, curiosos… gente que simplemente quería ver qué estaba pasando. Y eso ya era una señal de que algo importante estaba creciendo.

Después de ese primer jamming, se realizaron algunos más dentro de la misma sala. Pero el espacio ya no daba para más. La cantidad de personas aumentaba cada vez, y el interés crecía de manera natural. Tanto así que en uno de los últimos jammings realizados dentro de la sala —entre 1998 y 1999— ya había gente incluso en lo que hoy es la recepción, tratando de ver hacia adentro.

La escuela se había quedado chica.Fue entonces cuando se tomó una decisión clave: llevar el Jammin al patio.

En ese espacio, que antes era simplemente parte de la estructura básica de la escuela, se empezó a armar algo mucho más cercano a un concierto. Se contrató una consola, equipos de sonido, parlantes, monitores… y por supuesto, se integró completamente la batería. Ya no era solo tocar con pistas: ahora era una experiencia mucho más completa, más real, más potente.

El contexto ayudaba. En ese momento, la zona todavía no estaba urbanizada como hoy. Había una casa a un lado, otra al otro, y detrás, el famoso pampón. No existían edificios, no había restricciones estrictas. Eso permitía hacer ruido, mucho ruido… el suficiente como para acercarse a lo que podríamos llamar un concierto semiprofesional.

Y así, durante aproximadamente cinco o seis años, los jammings se desarrollaron en ese patio, creciendo poco a poco en calidad, en organización y en impacto. Cada edición era mejor que la anterior. Más luces, mejor sonido, más público… más experiencia.

Con el paso del tiempo, comenzaron a construirse edificios alrededor. La tranquilidad del barrio empezó a transformarse en una zona más urbana, más densa. Y con ello, llegaron también las limitaciones.

Uno de los momentos más recordados —y también más simbólicos— fue el último jamming realizado en el patio de la escuela. Ya con edificaciones cercanas, el ruido empezó a generar molestias. Tanto así que, en medio del evento, llegó serenazgo de la municipalidad para advertir que se impondría una multa si no se detenía el sonido.

Así comenzaron a realizarse en locales emblemáticos de Lima como La Estación de Barranco, La Noche de Barranco y otros espacios importantes. El proyecto crecía, se profesionalizaba y se abría al mundo real de la música en vivo.

Y con todo esto nacieron las primeras promociones de MasterMusic. Promociones que, aunque en muchos casos no contaban con los recursos técnicos o académicos que hoy existen. Fueron los primeros en vivir este proceso, en confiar en una escuela que recién comenzaba, en subirse a un escenario cuando nadie más lo hacía de esa manera en el país.

Muchos de ellos hoy son músicos profesionales, profesores universitarios, artistas en actividad. Otros tomaron caminos distintos, pero nunca dejaron la música. Siguen tocando, siguen sintiendo, siguen llevando ese aprendizaje como parte de su vida.

Y hay algo aún más significativo: varios de ellos han vuelto pero esta vez como padres, trayendo a sus hijos a estudiar a la misma escuela donde ellos comenzaron.

Las primeras promociones de MasterMusic no solo fueron estudiantes. Fueron la base de una tradición. Fueron quienes dieron forma al verdadero significado del lema que hoy define a la escuela: “Aquí formamos músicos.” Porque formar músicos no es solo enseñar técnica. Es crear experiencias, generar identidad, dejar huella.

Hoy, a casi 30 años de ese inicio, MasterMusic no sería lo que es sin ellos. Sin su confianza, sin su entrega, sin su valentía de ser los primeros. Porque todo gran camino… comienza con alguien que se atreve a dar el primer paso.

Jamming

Un detalle que siempre genera curiosidad —y también comentarios— es la forma en la que escribimos la palabra “Jamming”.

Desde sus inicios, allá por 1998, cuando realizamos los primeros eventos de alumnos, no se colocó la “G” final. Fue una omisión que, en su momento, pasó desapercibida. Sin embargo, con el tiempo, ese detalle se mantuvo… y terminó convirtiéndose en parte de la identidad de la escuela.

Muchas personas nos han señalado que no es la forma correcta de escribirlo, y es cierto: en inglés, la palabra se escribe con “G”. Pero en MasterMusic decidimos conservar esa forma original como un símbolo de nuestros inicios, como un recuerdo vivo de una etapa auténtica, espontánea y fundacional.

Así como algunos nombres propios pueden escribirse de distintas maneras —Cristian o Christian, Jodie o Yody—, en nuestro caso, “Jammin” (sin la G final) se quedó como una marca de origen, como una tradición que honra el camino recorrido.

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